James Mathison. Homo mensura 1
Por Félix Suazo

Desde hace varios años el escultor James Mathison (Caracas, 1966) persiste en trabajar con lo humano,
esa cáscara corpórea que de tanto en tanto clama por su reivindicación espiritual. Persiste en su empeño como
si nada hubiera acontecido desde la caída de Adán o como si el arte no hubiera agotado aquella voluntad de semejanza
que lo inflamaba desde el principio de los tiempos. La pregunta sigue allí, en la carne broncínea de sus esculturas,
en los cuerpos desmembrados y en los fragmentos anatómicos que proliferan a su propio albur en el taller. Cabezas,
brazos y manos prefiguran la humanidad inconclusa del sujeto ante el abismo. En su caso, la figura es como una
página en blanco a partir de la cual el artista trabaja, incidiendo sobre la superficie con líneas, textos, huecos, cuadrículas
y tramas.

Su búsqueda en torno a la idea de lo humano propone una analogía entre la estructura corporal del sujeto
y diversas instancias de la actividad espiritual, moviéndose en un gama expresiva que va del naturalismo a la hiperrrealidad.
En su caso, el sujeto permanece en suspenso, sacudido por impulsos contradictorios, entre el narcicismo y la melancolía. Humanidad incompleta, aunque serena, que encara el vacuo despeñadero de una interrogación milenaria, cuya respuesta
yace en un punto intermedio, equidistante de la pulsión dionisiaca y de la severidad apolínea. Sus personajes son distintos
y semejantes, la expresión de una ontología múltiple que se manifiesta en diversas facetas y donde el “yo” es la suma
de todas las identidades que lo habitan.

La exposición “Homo mensura” propone un recorrido por algunos de sus trabajos más significativos, realizados
en el lapso comprendido entre 1992 y 2012. Siguiendo una sentencia de Protágoras cuando afirmaba que “el hombre es la
medida de todas las cosas”, la propuesta de Mathison parece retomar esta fórmula casi “al pie de la letra”, manteniendo una
posición ambigua entre el hombre como criatura singular y el hombre en sentido colectivo. Sus personajes guardan cierta
afinidad fisionómica entre si, como si se tratara de un mismo sujeto en diferentes situaciones emotivas (meditación, introspección, melancolía, etc.). Sin embargo, muchos de sus rasgos faciales (ojos, boca, nariz) configuran una síntesis de atributos étnicos diversos, resaltando los labios ligeramente gruesos y las cuencas oculares sutilmente estilizadas en la serie de rostros y figuras alusivos a la cultura asiática.

En consecuencia, sus esculturas exploran esa irreductible contigüidad de lo subjetivo y lo corporal. Brazos,
manos, rostros, torsos y cabezas adquieren la consistencia de un yo “plural”, donde confluyen lo espiritual y lo carnal. De cierta manera, estas piezas podrían entenderse como el punto de intersección de aquellos “flujos codificables”2 que según Deleuze atraviesan el cuerpo, dejando sobre este la impronta contradictoria de la represión y el deseo.

Más que representar la fisionomía de tal o cual individuo, Mathison propone una mirada alegórica del hombre, directamente asociada al proceso de construcción y multiplicación de estereotipos identitarios, donde la reproductividad
técnica –en este caso la fundición- no es sólo un procedimiento, sino además una metáfora del ser duplicado y de la disolución
de la alteridad.

A su manera, Mathison devela la desnudez e indefensión del sujeto y la volatilidad de las potencias que lo
atraviesan. El hombre de “carne y hueso” da paso al hombre que se abstrae de lo singular y lo finito, ofreciendo su figura como soporte especular. A partir de este enfoque, sus esculturas intentan perpetuar lo transitorio en volúmenes fijos, en el sentido
que le daba Lessing cuando afirmaba, a propósito de su célebre distinción entre la poesía y la pintura, que “…
el arte da al momento único una duración constante …”3

Bueno es advertir que para Mathison no hay escisión alguna en la manera de afrontar su obra, salvo las
variaciones de escala, las distinciones de género (cabezas, rostros, manos, torsos, figuras) y el asunto que focalizan las series (alados, hombres planos, asiáticos, observadores, inmigrantes, etc.). En cualquiera de estos casos, el cuerpo humano –ya sea fragmentado o como totalidad- constituye el eje central de su propuesta. Sin embargo, cuando se observa con atención, es posible apreciar distintos momentos o estadios que se relacionan con las nociones de materia, espíritu, tiempo, lenguaje y conciencia.
Cada uno de estos conceptos demarca un ámbito específico para la reflexión y el trabajo plástico, permitiendo explorar de forma combinada la relación existente entre el medio y los temas con relativa independencia de los aspectos cronológicos.

Metamorfosis / Hombre - Materia
El trabajo escultórico de Mathison describe una parábola que va desde los volúmenes informes donde masa y
figura se presentan indiferenciadas, hasta la configuración detallada de personajes individualizados, lo cual supone un tránsito
a través de diversos momentos de la existencia. Las obras que realizara a inicios de la década de 1990 están envueltas en un remolino matérico, impulsadas por una energía avasallante en la que se advierte la incidencia del discurso neofigurativo. Poco
a poco, sin embargo, la figura se va desprendiendo de la sustancia que la contiene hasta alcanzar su plena autonomía. Se suceden así los bustos en transformación (1992), las piezas aladas (1992), los hombres planos (1994), las figuras de Cristo en ascensión (1994), los torbellinos (1995), los torsos (1995) y las cabezas (1996), entre otras proposiciones.

Ascensión / Hombre – Espíritu
La idea de la transformación de la materia que caracteriza las primeras obras de Mathison, adquiere una connotación alegórica en las piezas centradas en la figura de Cristo entendida como símbolo del desprendimiento terrenal y la trascendencia espiritual. Siguiendo esta divisa, el artista toma como punto de partida el cuerpo sacrificial del hombre ungido en tránsito
a la resurrección celestial. Le basta para ello con presentar algunos fragmentos anatómicos del Mesías -el pie, el brazo, el torso-,
liberado ya de los maderos perpendiculares que aferraban su carne al mundo físico.

Ocaso / Hombre –Tiempo
En esta sección Mathison nos presenta los vestigios de una era catastrófica, que alcanza su concreción en
la materia erocionada. Un brazo desprendido y agrietado, un torso suspendido con la piel seca y llena de surcos, una cabeza cercenada, exhiben la vanidad perdida del cuerpo sometido a la furia de las horas. No sabemos si este es el porvenir de la
especie o, por el contrario, su pasado. En cualquier caso, llama la atención que esos fragmentos lascerados no provienen
del cuerpo extenuado y decrépito de un anciano sino de lozanos titanes, fustigados por la intemperie y el abandono. Lo que si
queda claro en estas obras es esa equivalencia sustantiva entre el ser y la temporalidad que coloca el sentido de lo humano en
el puro acontecer, que es a fin de cuentas aquello que lo conduce tanto a su exaltación como a su declive. El suceder proyecta
la existencia hacia una posibilidad inderminada que tarde o temprano acaba por confrontarse con lo irreversible

Escrituras / Hombre -Texto
Sólo o acompañado, el cuerpo es un signo en el espacio; escritura carnal que describe y dice sus humores y
estados, mostrando sus fortalezas y desamparo. Allí se unifican el verbo demiúrgico y la piel, la palabra y la materia. En la
escultura de Mathison el lenguaje se corporiza casi literalmente, sobre todo en los trabajos que desde 1996 desarrolla a partir
de textos poéticos y filosóficos, búsqueda que coincide con su interés por la caligrafía, los tipos y el diseño. La fuerza gráfica
de la letra imprime su marca sobre la superficie, asumiendo sus redondeces y hundimientos con naturalidad, cual si se
tratara de tatuajes en relieve.

Cada frase es un trazado, una línea cifrada, que se funde con la carne inerte de la obra, dejando allí su impronta.
El verbo surca la mano abierta, el puño cerrado, el brazo extendido, el rostro sereno y el cuerpo erguido, buscando la concatenación sustancial de la materia y el sentido, de manera que ya no haya separación alguna entre el soporte y la idea. Espinoza, María Zambrano, Octavio Paz, Rafael Cadenas y el citado Armando Rojas Guardia –entre otros autores- prestan su palabra para que la opacidad de lo humano se torne parcialmente inteligible y lo visible también se haga legible.

Rostros, Cabezas, Personajes / Hombre-Conciencia
En las esculturas de Mathison lo subjetivo se proyecta con moderación, sin desgarramientos ni violencia. Sus
rostros, cabezas y personajes se presentan en ademán introspectivo y sin ningún síntoma de afectación extrema, aún
cuando parecen psicológicamente distantes. Pero más allá de esta especie de ensimismamiento voluntario la idea del hombre
como sujeto permeable queda sugerida en las retículas, tramas y hoyos que atraviesan o recubren las piezas.

El artista plantea una distinción muy clara entre el rostro y la cabeza, cuestión que no sólo tiene implicaciones espaciales y volumétricas, sino que también afecta el significado que se desprende de cada una de estas situaciones. Detrás
de un rostro no hay nada, sólo el reverso en negativo de una apariencia. La cabeza, por su parte, es un mundo abovedado e impredecible, dentro del cual el sujeto encuentra una morada fortificada para el encierro o un “cielo” propio para la huida interior.

Por otro lado, están las figuras de cuerpo entero en las cuales el hombre fragmentado recupera su integridad
anatómica. Siempre de pie, con los brazos a los lados del cuerpo, cruzados sobre el pecho o en la espalda, en estos personajes
se alternan sentimientos de expectación, vulnerabilidad, agobio e indiferencia.

Si bien los cinco núcleos de trabajo comentados -materia, espíritu, tiempo, lenguaje y conciencia-permiten una
visión panorámica de la obra escultórica de Mathison, es importante advertir que estos no son campos de actividad separados sino facetas de una misma búsqueda que tiene al hombre como divisa. Finalmente, la medida es el cuerpo, contenedor refractario de la represión y el deseo, reducto mensurable de la existencia donde se manifiestan todas sus oscuridades, anhelos y carencias.

Cerramos estas consideraciones sobre la propuesta escultórica de Mathison con el problema de la desnudez.
La forma volumétrica -como la carne- es el espejo invertido de lo que hay dentro o debajo. Los músculos se tensan y
distienden según la voluntad que los agita o inmoviliza, ya sea interior o exógena, subjetiva o física. Sin embargo, lo que se hace visible en la superficie de estas obras es el cuerpo sin culpa ni certeza alguna, que no conoce aún sus apetencias ni la energía soterrada que circula bajo su piel. Vuelta a la desnudez primigenia, aquella que, aun bajo el acecho de la mirada intrusa, precede
al pecado y se presenta como “vestido de gracia”.

Caracas, abril de 2013

 

1 Versión resumida de un texto homónimo publicado en el libro “James Mathison. Homo mensura”. Centro Cultural B.O.D. -Corpbanca, Caracas, Agosto de 2012

2 Deleuze, Gilles. Derrames. Entre el capitalismo y la esquizofrenia. Editorial Cactus. Buenos Aires, 2006, p. 19

3 Lessing, G. E.. Laocon te. Editorial Porrua, S.A. México, 1993 p. 22