Serenamente de Pie
Juan Carlos Palenzuela

La escultura de James Mathison tiene una serie de puntos sobre la cual se sustenta y desarrolla su proceso:
es figurativa, tiene por modelo al individuo y es en bronce. Por medio de sus obras, este artista transmite nociones
y sentimientos de soledad, melancolía y mutación con cuerpos (de hombres jóvenes, solitarios y concentrados) que aparecen
en su totalidad o en fragmentos. Los fragmentos nos recuerdan restos arqueológicos, estudios del detalle, partículas que
evocan la totalidad. En esos cuerpos hay lesiones que no son heridas, sino huellas de un accidente reflejando que los golpes
de la vida siguen vivos, con sus desgarramientos y retraimientos. Ellos están en diálogo infinito y meditan sobre la
circunstancia de la existencia.

Sus obras son hombres erguidos, ligeramente recostados, desnudos, a veces con los brazos extendidos,
parados firmemente o con una mano al cuello. Uno los recorre con la mirada y analiza su perfecta anatomía, destacando su
fortaleza y descubriendo que tienen una piel particular. Es allí, en la textura de su cuero, donde se demuestra la riqueza de
su material y el cuerpo se convierte en una frase de la materia, caligrafía de barro constitutivo, elemento táctil con una pose
que transmite sentimientos espirituales de abatimiento, de espera, de melancolía. En las esculturas de Mathison el ser queda
abierto y expuesto a lecturas internas y externas.

Aunque Mathison diga que son hombres, en plural, se trata del mismo sujeto ya que su rostro es reiterado. Quizás
eso es un dato autobiográfico. El individuo parado con las piernas ligeramente abiertas, sin grandes rasgos, con su textura
particular de la piel y una intensidad en la mirada posee el mismo potencial que la cuenca vacía, y en ese silencio radica su poder
de diálogo.

A pesar de la variedad en tamaños, todas las obras son de buena contextura y su ubicación una al lado de otra
destaca las distintas escalas, incrementando su apreciación en el medio del abismo. El modelo es presentado tanto en su totalidad,
como en partes del cuerpo incluyendo la mano, el brazo, la nariz o cabezas. Es evidente que a Mathison le interesa un diálogo
con cierta tradición de arte relacionada con Miguel Angel, Robín, Degas, Giacometti, Zitman, en la que uno vuelve a planteamientos
externos de la humanidad y se encuentra ante materia transformada en una idea del hombre.

Finas líneas enérgicas y ligeramente grabadas sobre el pecho, sobre la cabeza, la espalda deslindan los espacios
de la piel como una oración en letras mayúsculas… firme, precisa y legible. Las mismas actúan como una corona de espinas,
como un texto grabado proveniente del interior del ser o como una cicatriz, que representa más una costura que un pensamiento.

Además de las líneas, la densidad del cuerpo varía de un sitio a otro, de una faceta de la cara a otra destacando
la virilidad de los modelos, con sus sexos al aire, sin rubor ni desviaciones. En esta obra, la figura como tal constituye el volumen
esculpido, por lo que no hay bases aunque quizás algunas se posen sobre un bloque de madera. Al carecer de pedestal, su
aspecto es una estatura humana o una ruina o restos, lo cual es una particularidad de la propuesta.

En nuestra época desapareció la obra como monumento, aunque sí tenemos obras monumentales de la misma
manera que se ha reducido al mínimo la expresión figurativa de la escultura. Es desde esas perspectivas cómo distinguimos
las obras de James Mathison, la importancia de la vuelta al oficio, de la reafirmación figurativa del objeto esculpido. Sus figuras son anatómicas, tienen cierta entereza (a pesar de su aislamiento y de su posible mutación) además de la persistencia de estar allí ante
el paso del tiempo y el vacío.